Hace unos días nos llamó un cliente con una idea muy clara en la cabeza: cambiar su web de servidor y mover también el correo. Todo rápido, todo sencillo.
“Copiáis la web, la ponéis en vuestro servidor y listo”.
Respiramos hondo antes de responder. No porque sea una mala idea, sino porque el proceso es mucho más delicado de lo que parece desde fuera.
El problema es que, cuando hablamos de migraciones, rápido y sencillo casi nunca van de la mano. Y si también hay que trasladar las cuentas de correo, menos aún.
Qué implica realmente una migración web
Migrar una web significa moverla de un servidor a otro sin que nada se rompa por el camino. Y cuando decimos nada, es nada.
No se trata solo de copiar archivos. Detrás hay bases de datos, configuraciones, versiones del servidor, formularios, enlaces internos y el propio dominio.
Además, todo esto debe hacerse de forma que la web siga funcionando correctamente y que Google no detecte cambios raros. Una mala migración puede provocar caídas de la web, errores inesperados o pérdida de posicionamiento. Y eso suele notarse justo cuando menos conviene.
El correo electrónico, la parte más sensible
Si la web ya tiene su complejidad, el correo electrónico es otro nivel. Y es justo aquí donde suelen aparecer la mayoría de problemas cuando se hace una migración sin la planificación adecuada.
Las cuentas de correo no son solo una dirección con una contraseña. Detrás hay años de mensajes, carpetas organizadas a medida, contactos importantes y correos que siguen siendo necesarios en el día a día.
Además, esas cuentas suelen estar configuradas en varios dispositivos a la vez: ordenadores de la oficina, portátiles, móviles personales e incluso tablets. Todo eso hay que tenerlo en cuenta.
Migrar el correo implica mover toda esa información sin que se pierda nada por el camino. Los correos antiguos deben seguir estando accesibles, los nuevos tienen que entrar sin cortes y los correos enviados no pueden empezar a llegar como spam. Y todo esto debe ocurrir mientras el negocio sigue funcionando con normalidad.
Aquí es donde un pequeño error puede generar un problema grande. Un ajuste mal hecho puede provocar que los correos dejen de entrar, que los envíos se queden bloqueados o que algunos dispositivos dejen de sincronizar de repente. El resultado suele ser el mismo: llamadas de clientes diciendo que han enviado un email y no han recibido respuesta, o empleados preguntando por qué el correo no funciona.
Para una empresa, quedarse sin correo durante horas no es una molestia, es un freno directo al trabajo diario: presupuestos que no llegan, pedidos que se retrasan o comunicaciones importantes que se quedan en el aire. Por eso, la migración del correo es una de las partes más delicadas del proceso y donde más cuidado hay que tener.

Hacer el cambio sin que nadie lo note
El objetivo de una buena migración es que el cliente apenas note el cambio. Que la web siga funcionando, que el correo llegue como siempre y que nadie tenga que tocar nada en su día a día.
Para conseguirlo hay que planificar, hacer copias de seguridad, probar antes de cambiar nada y ejecutar el proceso en el momento adecuado. No es improvisar, es seguir un método.
Cuando todo sale bien, parece magia. La web sigue ahí, el correo funciona y nadie nota nada. Pero precisamente eso es señal de que la migración se ha hecho correctamente.
Cuando algo falla, entonces sí se ve lo delicado que es el proceso.

Una migración bien hecha no solo sirve para cambiar de proveedor. Sirve para dejar la web y el correo en un entorno más estable, más seguro y mejor preparado para el futuro.
Por eso, cuando alguien nos dice que esto es solo copiar y pegar, solemos sonreír. Porque sabemos que detrás hay mucho más trabajo del que se ve, y que hacerlo bien marca la diferencia.

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